Nosotros somos una generación especial. Supongo que todas las generaciones alegan lo mismo pero la nuestra dista de ser la excepción. Somos un grupo curioso, diferente… y lo somos por mérito propio. Nacimos en un mundo aún sin computadoras en los hogares, sin celulares, sin internet y sin la mayor parte de los “gadgets” y tecnología que tanto nos ha cambiado – para bien y para mal – como sociedad. Así es, la primera mitad de nuestras vidas, esa nuestra infancia y nuestra primera juventud, fue una oda escrita entre juegos al aire libre, un álbum lleno de jardines, plazas y fiestas.
Recuerdo con particular alegría la etapa escolar. En la primera infancia, retozábamos en un pequeño “playground” que tenía un pasamanos, una “casita”, subibajas y otros juegos; todo a la sombra de aquellos gigantescos árboles que cantaban felices en la brisa. El clima era mucho más fresco y había que ir abrigados a la escuela. Evoco claramente que mi rinitis me obligaba a asistir con (y digo verdad) ¡cuatro pañuelos! Todos regresaban muy usados, pobre de mamá… Retengo además imágenes de las lecciones de Educación Física donde corríamos cantando canciones de los Niños Exploradores (“¡Una sardina, dos sardinas!…). Jugábamos partidos interminables de futbol que concluian súbitamente con el timbre del fin del receso, lo que se traducia en una avalancha de futbolistas sudorosos corriendo a la lección. Recuerdo a mis compañeras jugando “elástico” y a rondas marcadas con palmadas y sonrisas. Me invade la nostalgia recordando las raíces de esos enormes árboles de pino (hasta ahora descubrí que en realidad es otra especie), lo chillante de nuestro uniforme escolar, la “soda” y sus deliciosas empanadas, los granizados comprados en el portón, los paseos, las fiestas y los primeros amores; flechazos de un chiquillo que no tenía la menor idea de lo que estaba sintiendo, haciendo o pensando. Bueno, reflexionando un poco, esa última parte no ha cambiado tanto: tras tantos años, la diferencia ahora es saber que no sé, y saber también que eso está bien.
Y es que poco a poco fuimos creciendo. Aquella inocencia se fue quedando entre juguetes perdidos y canciones olvidadas. Surgieron responsabilidades y a mitad del camino fue naciendo entre nosotros un mundo virtual. Primero fueron las computadoras – aquellos grandes “cajones” con enormes monitores de tubos que ocupaban todo un escritorio en nuestras casas, lentas y torpes mamotretos comparadas con las de hoy. Luego internet nos conectó a la distancia. Vinieron las redes sociales y aparecieron finalmente los celulares inteligentes, y hoy por hoy muchos de nosotros hemos caído en una adicción que nos roba el contacto con el mundo físico. Somos más bien seres híbridos, criaturas que viven entre átomos y bytes, entre cosas e información. Lo que aún sostiene nuestra humanidad es el ancla profunda de nuestra historia compartida como lo es nuestra infancia, un blindaje construido con juegos, amistades y risas. Quisiera pensar que seremos capaces de transferir esa estafeta de cordura, de tolerancia y humanidad a nuestros hijos, a la generación que nos sigue. Quizá aún estamos a tiempo de dar el ejemplo y transmitirles que valen más los abrazos que los “likes”, las miradas que las pantallas y los perdones que los rencores.
Lo confieso, escribo estas líneas lleno de nostalgia, de añoranza; celebrando esos tiempos tan lejanos y el hecho de habernos reconectado hace muy poco. Si bien la vida nos ha llevado por sendas dispares y nos hemos separado en el tiempo y en la distancia, les recuerdo que tenemos un plan: siempre podremos reencontrarnos al sonar el timbre, en el recreo de la escuela, a la sombra de unos pinos que llegaban hasta el cielo. Aquellas partidos, aquellos juegos y aquellas risas nos unirán de por vida.
“Saudade”, amigos. Un saludo enorme a la distancia. Les recuerdo con inmenso cariño.
Fernando Quesada V.
Clase del B
PD: un regalo, una obra de arte del maestro Joan Manuel Serrat cantando a la infancia:
Crepúsculo. Mi mente divaga mientras riego el jardín frente a mi casa. El cielo muestra nubes que asemejan carbones encendidos asomándose entre cenizas. Inadvertidamente se me sale alguna tonadilla. Me encuentro relajado, tranquilo, despejado. De improviso, el rabillo del ojo capta “algo” y me rapta – sin mi permiso, tal cual es su estilo – a este mundo. Es una silueta que se mueve por la acera. Se va dibujando más claramente conforme se acerca: es un vecino que camina absorto mirando su celular. Me le quedó observando con tanta curiosidad como indiscreción. Ni siquiera me nota. Está en trance. Ha sido poseído por los espíritus de las redes sociales. No está ni aquí ni allá; se mueve en un limbo extraño donde su atención y su mente le pertenecen a un flujo eterno de inútiles novedades mientras su cuerpo y alma siguen atadas físicamente a este espacio. La silueta, sutilmente iluminada por su amo, se va alejando con dejos de doliente fantasma. En cuestión de momentos la aparición dobla la esquina, perdiéndose de mi vista.
Continuo entonces regando las plantas. Reflexiono. Me parece que la espectral imagen es un espejo de nuestro tiempo. Para ser más preciso, mi vecino es el prototipo de buena parte de nosotros, es el síntoma de una sociedad enferma. Somos adictos a ese flujo de menudencias, rencores, novedades y francas tonterías llamadas redes sociales. Tanto es así que a nivel nacional el 20% de los accidentes de tránsito están relacionados con la distracción digital mientras que a nivel mundial el porcentaje aumenta al 40%. A falta de datos exactos, los expertos en seguridad sugieren utilizar estas estadísticas como un aproximado para los accidentes en el hogar (por ejemplo, la ya proverbial caída por las escaleras por estar mirando el teléfono). ¿Será posible que no podamos alzar la mirada siquiera para caminar, ni que decir para calmarnos y pensar?
“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”
Aristóteles
Sigo arreglando el jardín. Pienso que necesitamos imperiosamente mayor balance en nuestras existencias. Necesitamos mesura, proporciones, moderación. Si vamos a aceptar a las redes sociales como parte de nuestras vidas entonces debemos conscientemente decidir qué porcentaje de nuestras vidas vamos a entregarles (gratuitamente, valga mencionar) a tan caros señores. Se trata de balancear tiempo de redes vs tiempo presente. “Likes” vs abrazos. “Visualizaciones” vs sonrisas. Consumo de “feeds” vs producción de ideas. Odio digital vs tolerancia real. Solo con un esfuerzo consciente vamos a exorcizar a los espíritus que nos están cautivando y que nos impiden notar que nos vigilan, que nos controlan, que vamos a tropezarnos, o de un hermoso atardecer. El primer paso es bajar el teléfono y darnos cuenta de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Sugiero que declaremos periodos de “desintoxicación”, franjas del día o eventos en los cuales no nos vamos a permitir el “scrolling”: amnistía digital. Creo que en el caso de los menores de edad, decisiones como las del gobierno australiano de prohibir completamente las redes sociales es lo correcto (hablaremos de ello luego).
El Sol se hunde en el horizonte dejando un rastro de fuego. Refresca la tarde. Un día más y un dia menos. A vos, querido lector, te deseo un buen año – un año de vivencias reales, reflexiones profundas y decisiones valientes. Éxitos.
12 de Octubre del 2040. Ana se levantó faltando una hora y media para su cita médica en el centro de San José. Después de alistarse rápidamente – no quería llegar tarde – tomó un autobús eléctrico y autodirigido que automáticamente cargó a su pulsera electrónica el costo del pasaje. Se bajó en el cómodo nodo de conexión con el tren propulsado por hidrógeno que la llevó desde Grecia, Alajuela hasta su destino en San José centro, en el “hub” central de la moderna red ferroviaria. Sale y toma el tranvía eléctrico que nuevamente cargó automáticamente el costo del pasaje a su pulsera digital. Se baja y camina por los hermosos y arbolados bulevares repletos de cafés al aire libre, exposiciones artísticas y eventos culturales. La policía vigila la pequeña urbe utilizando “segways” y otros medios amen de un sistema de cámaras que cuida a la ciudadanía: es una ciudad limpia, vital y segura.
Ana llega al moderno hospital público donde un sistema automático le da la bienvenida, la orienta y le informa las condiciones y situación general. A Ana le llama la atención la campaña pro-natalidad en las pantallas del centro hospitalario, un esfuerzo del gobierno que es consciente de la necesidad de repoblar el país y trabaja para incrementarla. Llega al consultorio. La cita es puntual y eficiente. Ella recibe una atención optimizada que conjuga tecnología, un trato humano profesional & atento y ágiles procesos. Su expediente se actualiza automáticamente y las medicinas le serán luego despachadas a su residencia. Ana sale a tiempo para tomar sus clases. Decide hacerlo en un espacio de “co-work” ultramoderno, en donde se conecta a la plataforma “online” de la Universidad Nacional donde recibe clases actualizadas con el soporte de la inteligencia artificial. Luego, pasa a un cafetín a comerse algo bajo la sombra de los árboles y oyendo el sonido de fuentes: todo un jardín, uno de tantos oasis que refrescan la urbe en este cálido siglo. Lee un poco. Una alerta en su pulsera le informa que el tranvía estará puntualmente arribando en la estación cercana en unos minutos. Se levanta y coloca adecuadamente los residuos en los omnipresentes basureros: la divide en material orgánico (que se composta para abonar los jardines de la ciudad) y entre los diferentes tipos de material reciclable, pues nada se desperdicia. Paga electrónicamente al salir y regresa a casa invirtiendo la ruta de llegada. Saluda a sus familiares y dedica su tarde a jugar con su hermano pequeño y con las mascotas. Es feliz.
Y… me desperté. Lástima, era solo un sueño. Al encender la pantalla, vi entonces que en vez de resolver problemas de energía, salud, seguridad, educación, cambio climático y tantos otros; nuestro gobierno está un día sí y el otro también peleándose con absolutamente cualquiera que le critique, como si su gestión y el estado de las cosas de este país fuesen perfectos. Que desperdicio, pues aquel hermoso sueño – u otro semejante que construyamos como sociedad – puede hacerse realidad. Pero para eso se necesita planificación, humildad, conversación, acuerdos, visión, perseverancia, amor por la patria y ante todo muchísimo trabajo. No es peleando como vamos a solucionar esto. Nuestros hijos e hijas merecen un futuro mejor. Por favor calmémonos y conversemos. Construyamos ese sueño.
Poco más de siete meses nos separan de las elecciones. Miramos con asombro un mundo cada vez más convulso, un planeta agitado por guerras arancelarias, conflictos militares, conflagraciones migratorias, ataques criminales y rencillas ideológicas. El cambio climático es una extendida y poderosa realidad. La economía mundial – y nacional – presenta síntomas de un ya crónico enfriamiento y nuestra tasa de natalidad declina. Mientras tanto, los políticos de turno se empeñan en montar una absurda tragicomedia, un eterno “show de variedades” con episodio de estreno cada miércoles. La política ha degenerado en pura distracción, poses y burla. Pero… ¿de qué deberíamos estar conversando? ¿Cuáles son esos temas, esos puntos de dolor que deberían ventilar los candidatos en conjunto con sus propuestas de solución? Dejemos el toreo improvisado para Zapote (me refiero a Casa Presidencial, no al Redondel, aunque ambas sedes se dediquen últimamente a lo mismo) y reflexionemos sobre el “qué”. Los “cómo”, “cuándo” y “quién” serán tarea para los candidatos. Postulamos los siguientes puntos mínimos:
Infraestructura a. Terminar la Ruta 1 y la Interamericana Norte. b. Expansión de Caldera. c. Carretera a San Carlos, Ruta 27, Ruta 32. d. Trenes tanto de pasajeros como de carga. e. Resiliencia climática.
Educación a. Pensamiento crítico. b. Computación e Inteligencia Artificial. c. Capacitación a personal del MEP. d. Retención en las aulas: red de Cuido, bonos, apoyos extracurriculares.
Seguridad a. Equipamiento de la policía. b. Incremento de la planilla policial. c. Presupuesto del OIJ.
Salud a. Hospitales. b. Listas de espera. c. Médicos especialistas. d. Tasa de natalidad y pensiones.
Economía a. Tipo de cambio y tasa de política monetaria. b. Turismo. c. Apoyo al Régimen definitivo y a las PYMES. d. Inversión extranjera. e. Diversificación de los destinos de las exportaciones.
Alguien podría criticar esta enumeración y eso está bien. Este listado no pretende ser integral o taxativo, una suerte de “tablas de la ley” compilatoria de los problemas nacionales. Ni por lejos: son solo algunos temas medulares por considerar. Alguien más podría argumentar que referirse a estos temas no sirve para nada pues los políticos mientan y las circunstancias son muy
cambiantes. La respuesta a tal noción la brindó el General Dwight “Ike” Eisenhower hace ya décadas, y cito: “En la preparación para la batalla, siempre he encontrado que los planes son inútiles, pero la planificación es indispensable.” Lleva razón: es el análisis sereno, la discusión, el examen, la priorización lo que nos brindará algún tipo guía para navegar el futuro con mayor éxito. Y ya que estamos con aforismos, “El fallar en el planificar es planificar para fallar”, dijo alguien más. Entonces, dejémonos de matonerías, de insultos, desplantes y burlas: lo que nos estamos jugando es el futuro de la patria. Pongámonos serios, no más broncas, lo que necesitamos son soluciones.
Las capacidades de la Inteligencia Artificial (IA) son, desde hace poco, simplemente asombrosas. Nos superan investigando, comparando y analizando todo tipo de datos. Ya sean cifras, textos, imágenes, audios o muestras su eficiencia es pasmosa. Y esto es solo el inicio, pues se espera que en dos o tres años se alcance ese hito histórico en que la IA nos de alcance en todo nuestro humano espectro de competencias, desde la parte motora (a través de la robótica) hasta la solución de problemas ultra avanzados (con algoritmos generados por algoritmos). ¿Estamos fritos, pues? No lo veo así. Permítanme explicarles mi punto.
Lo dicho anteriormente se sostiene: no hay vuelta atrás y en 24, 36 ó 60 meses (nuestras hipotecas tienen plazos más largos….) la IA nos habrán dado “caza” y a partir de entonces serán exponencialmente más inteligentes que todos nosotros juntos. Vendrá entonces la temida “singularidad”. La IA resolverá enigmas matemáticos, misterios físicos, incógnitas químicas y biológicas: toda esa caterva de problemas e interrogantes que exceden nuestras tan limitadas entendederas.
Limitadas
Pero – y nunca un “pero” tan dulce – existe una cualidad que no está al alcance de estas máquinas: omnipotentes no serán. A lo que voy es que estas IA son eso: inteligentes, pero nada más. Serán entidades supremamente capaces de resolver problemas (eso es, por definición, la inteligencia) pero al no estar vivas no pueden realizar una introspección filosófica. Digo, podrán simularlo, pero una IA no puede angustiarse genuinamente por la muerte simplemente porque… ¡no puede morir! No pueden agitarse por una crisis existencial, por encontrarle sentido a la vida porque no están vivas. No se devanan los sesos por perder el trabajo o por enfermar. No tienen familia ni amigos. No pueden llorar, reír o temer. No tienen consciencia en el sentido más amplio de la palabra. No pueden amar.
Esperanza
De manera tal que, en medio de nuestras muchísimas limitaciones, la Humanidad tiene acceso a un ámbito exclusivo. Paradójicamente este acceso se deriva de nuestra mortalidad y de nuestra capacidad para el sufrimiento tanto físico como espiritual. Entramos aquí al dominio de la Filosofía y sus exquisitos & elusivos retoños: la Sabiduría, la Moral, la Ética.
Amigos, mi punto es sencillo pero fundamental. No podemos ganarles a las máquinas resolviendo problemas, así que (cuidadosamente) deleguémosles esa tarea. Juguemos bien nuestras cartas y hagamos un estratégico “outsourcing”. Este cambio de perspectiva guillotina de una vez y por todas toda esa angustia, esa ansiedad por presentir que somos una especie obsoleta; unos primates a los que les ha caducado su vida útil. Sostengamos nuestra histórica primacía desde una esfera diferente. Que para la Persona sea esta la Era de la Filosofía, y dejémosle lo demás a las consabidas Inteligencias. Este enfoque nos abre un exquisito menú de posibilidades. No pretendamos ser lo que no somos, unos “super algoritmos resolutores de problemas”. Hay algo mejor para nosotros. Abracemos la ensimismada auto-interpelación, la contemplación, la hermenéutica, la meditación, la poesía, las artes, la literatura, el sentir, la pasión, la caridad, el ser y hasta el aburrimiento. ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Hacia dónde quiero enrumbarme? ¿Cuáles son mis virtudes y mis defectos? ¿Cómo puedo ser mejor? Caminemos en conversación con Sócrates, codeémonos con Aristóteles y Platón. Razonemos con Descartes, con Spinoza y con Kant. Descansemos en Jung, Frankl y Freud. Y más al Oriente, meditemos con Lao-Tze y con el Buda. Si es de su interés, interroguemos también a Confucio pero evitemos aquello de caer en la confusión (pun intended, Miss Panamá…).
En conclusión
Concluyamos: tenemos una dorada oportunidad para ser plenamente humanos, una actividad en la que somos por definición insuperables. Que la IA se encargue de resolver lo técnico, lo material, lo logístico. Nos toca a nosotros enfocarnos en lo existencial, en eso íntimamente nuestro, en saborear esa “médula de la vida” loada por Mr. John Keating a sus alumnos de poesía (“Oh Captain, my Captain!”). Hoy más que nunca aplica aquel dilema del “ser o no ser”, aquellas preguntas últimas, la búsqueda de nosotros mismos, de lo correcto, de nuestros valores y de nuestro futuro conjunto.
Comencemos con un brillante ejemplo. Hablemos sobre nuestra estrella, el Sol. Según Homero (pero no Simpson, sino el original, siglo VIII AC): “Helios, el Sol, monta su carroza, brilla sobre hombres y dioses inmortales, y mira fijamente con los ojos desde su casco dorado. Sus rayos brillan deslumbrantemente y sus radiantes mechones fluyen desde las sienes de su cabeza con gracia. Su rostro es lejano. Una prenda rica y de hilado fino brilla sobre su cuerpo y revolotea al viento. Luego, tras dejar su carro y caballos de yugo dorado, descansan allá, en el punto más alto del cielo, hasta que, maravillosamente, vuelve de nuevo por el cielo al Okeanos”. Anaxágoras, un par de siglos después, propuso que el Sol era una masa de metal al rojo vivo. Por muchos siglos, la creencia más popular lo explicaba como un fuego, quizá una masa gigantesca de carbón que ardía en el cielo por los siglos de los siglos.
A mediados del siglo XIX, Julius Mayer estimó que, si el sol fuera un trozo gigante de carbón ardiente, sólo podría brillar durante algunos miles de años. Hmmm, “Houston, we have a (sunny) problem”. Vinieron entonces a la salvación los señores Helmholtz y Waterston, refrendados por Lord Kelvin, el científico “más hot”. La explicación del momento: el Sol brilla por la conversión de energía gravitacional en calor – en otras palabras, el Sol brilla debido a una lluvia continua de meteoritos atraídos por su inmensa gravedad, que, al chocar, transforman su movimiento en “calórico”[1]. Es curioso leer esta idea reflejada en la novela “De la Tierra a la Luna”, donde Julio Verne pone en labios del sabihondo Impey Barbicane (personificación de la ciencia y la industria) esta icónica frase: “Y esta teoría ha permitido admitir que el calor del disco solar es alimentado por una granizada de bólidos que cae sin cesar en su superficie”. Párrafos después, el enciclopédico Verne escribe que “el calor solar es igual a la producción de combustión de una capa de carbón que rodease al Sol y que tuviera un espesor de 25 kilómetros”. Toda una verdad consumada, calculada y aceptada en su tiempo.
Hoy por hoy, la explicación vigente es, como sabemos, la fusión nuclear. Y nos sentimos muy seguros y confiados con ella. Pero es solo una teoría, igual que las anteriores, y nuestro entendimiento del Sol nuevamente cambiará en el futuro. Más el funcionamiento de las estrellas no es el tema de fondo de este texto: ese era solo un ejemplo. Al generalizar la idea, encontramos que todo está fluyendo, lo que creíamos cierto luego resulta falso o parcialmente incorrecto, nuevas ideas aparecen y otras pierden vigor. Sam Arbesman nos lo ha alertado: el conocimiento tiene una vida media, un período de tiempo tras el cual, el 50% de lo que creíamos saber ha cambiado. Las publicaciones médicas y de salud tienen la vida media más corta: de dos a tres años. Las publicaciones de física, matemáticas y humanidades van de dos a cuatro años. Hace cien años, la vida media de los conocimientos de un ingeniero rondaba los cuarenta años. En los años sesenta, quizá alcanzaban una década. Hoy por hoy, si acaso alcanzan unos dos a cinco años. A lo que voy es que la humildad es condición necesaria para la curiosidad intelectual, para el diálogo y el aprendizaje. Si lo que creemos saber en cualquier ámbito de nuestras vidas es tratado como dogma incuestionable, como verdad última e inmutable, pues fregados estamos. No sabemos. No, no sabemos. Hay que preguntarse, cuestionarse, investigar, atreverse a desaprender y a aprender de nuevo. Hay que abrir la mente y subir el ancla que nos ata a nuestro nivel presente de entendimiento que es solo eso: un estado actual, una foto, una aproximación y nada más.
Nuestra comprensión del cosmos es prototípica de esta idea: primero fue algo así como “mi tribu es el centro de Universo”, luego “mi imperio es el centro del Universo”, luego “la Tierra es el centro del Universo”, a continuación “el Sol es el centro del Universo”. Inclusive, no fue sino hasta hace un siglo cuando Edwin Hubble comprobó que la Vía Láctea era solo una galaxia entre un número casi inconmensurable y no el Universo en su totalidad. El primer planeta fuera del Sistema Solar se descubrió… ¡hace solo treinta años! Hoy por hoy no estamos seguros si el cosmos tiene un límite o si hay infinidad de Universos. Menudo cambio de opiniones a través de los siglos…
Pero es en nuestra interacción social – en las redes sociales en particular – en donde más se extraña la humildad. Especialmente al hablar de política, religión y otros temas similares es en donde venimos a defender posiciones más que a conversar. En esas interacciones priva el orgullo, la altanería, el enfoque en “ganar” versus encontrar una solución grupal al problema de fondo. Ataques personales, argumentos falaces, mentiras. Todo vale con tal de ganar (ganar ¿qué?). Nos urge, nos falta, nos duele la falta de humildad. Recuerdo ahora una oración de mi infancia: “(…) que no busque yo tanto / ser consolado como consolar / ser comprendido, como comprender / ser amado, como amar.” Suscribo aún esas líneas.
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Y es que esta soberbia, esta altivez, esta vanidad nos retiene en lo que sabemos, digo mal, en lo que creemos saber. Tenía razón Mulder: “The truth is out there”. Lo que omitió decir Fox es que, en el campo de juego de la verdad, la línea de anotación se mueve constantemente. Un genial percusionista, consumado lector de jeroglíficos, estudioso del comportamiento de las hormigas, políglota, artista, viajero, investigador en genética, físico teórico y ganador del Nobel dijo una vez: “Puedo vivir con la duda, con la incertidumbre, y el no saber. Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que podrían estar equivocadas. Tengo respuestas aproximadas, y posibles creencias, y diferentes grados de certeza sobre diferentes cosas, pero no estoy absolutamente seguro de nada.” Bingo, Mr. Feynman. Nada más que agregar.
[1] Según Kelvin: “That some form of the meteoric theory is certainly the true and complete explanation of solar heat can scarcely be doubted, when the following reasons are considered: (1) No other natural explanation, except by chemical action, can be conceived. (2) The chemical theory is quite insufficient, because the most energetic chemical action we know, taking place between substances amounting to the whole sun’s mass, would only generate about 3,000 years’ heat.”
Me senté con una olorosa taza de café caliente y una ingente necesidad de escribir. De escribir algo. Hace ya un buen tiempo que llegué a una conclusión: para ser un ser humano completo necesitamos un balance entre el volumen de información que consumimos y la cantidad de artefactos que creamos. No somos Homo Sapiens si lo único que hacemos es atracarnos con videos, audios y texto: Y nótese que no entro en el temazo de la calidad de ese consumo (vaya, que no es lo mismo leer a Tolstoi que ver quince horas de videos de treinta segundos en TikTok). Para efectos de este comentario, lo que estoy diciendo es que debemos balancear nuestro tiempo consumiendo información versus nuestro tiempo analizandola, sintetizandola y últimamente generado nuestras propias opiniones y productos.
Pero… divago. Les decía que me senté a escribir y me quedé trastabillando en el teclado. No había por donde. Dos líneas por aquí y “backspace”. Tres palabras y “delete”. Resbalón. Pifia. Nada. Las ideas flotaban con vaguedad en mi cabeza. Mi ánimo vacilaba entre la alegría que inpira el cálido sol que hemos esperado tras semanas de lluvia y la estoica aceptación de tantos sucesos que, no por lejanos, son menos sombríos. En medio de estas fluctuaciones no se puede hilvanar pensamientos. Es como tratar de vestirse para este mes en el cual llueve a ratos, luego hace sol, y viene luego el viento, seguido de frío y de nuevo calor. Misión fallida. Con estos juegos del espíritu la mente no sabe cuál tecla presionar. Me quedé colgao en las alturas… Y me surgió la pregunta…
Dijo Edison que el genio era 99% transpiración y 1% inspiración. Pero sin ese 1% estamos fritos: la sudoración es asunto meramente de antitranspirantes. ¿De dónde viene la inspiración? ¿Qué extraño influjo produce una sinfonía, una novela, un diseño o una pintura? ¿Qué o quién motivó a Miguel Ángel, a Mozart o a Dostoyevski? ¿Será algo etéreo, algo místico en nuestra naturaleza? ¿Será más bien un algoritmo, una especia de inteligencia que no por ser natural deja de ser programática- un “LLM” o “GPT” que automáticamente busca la siguiente palabra, la siguiente nota, la nueva idea que mejor se vincula con la anterior? ¿O será esta la prueba última de que hay algo más que nos susurra al oído, acaso los mejores ángeles de nuestra naturaleza; entes ajenos que sutilmente siembran las semillas de nuestras ideas, anhelos y sueños? ¿De dónde vienen esas visiones en nuestras cabezas? ¿Serán nuestras al menos?
No lo sé. Lo que sé es que hoy, parafraseando al Nano, “No hago otra cosa que pensar en ti / Nada me gusta más que las reflexiones / Pero hoy las musas han pasa’o de mí / Andarán de vacaciones. “
A los científicos les encantan los nombres curiosos. Por ejemplo, hablan de eras geológicas, es decir, intervalos de tiempo desde que se formó la Tierra. Así, tenemos la Era Arcaica, la Paleozoica, la Mesozoica… Llegamos finalmente a la Era Antropozoica, momento festivo para nosotros los humanos pues fue entonces cuando nos apoderamos del escenario planetario (a costa de todas las demás especies). Pero bueno, me parece que con el sorprendente retorno de cierto personaje a la Casa Blanca podemos confirmar el advenimiento de una nueva etapa, una “Era Cuentozoica” en donde ya no es el ser humano el depredador supremo. Ahora a nivel global manda la fábula, el cuento, el discurso, la hablada, el mito. Y hemos elegido entregar el poder voluntaria, incondicional e irracionalmente. Incluso acaso permanentemente.
La ironía es que en esta “Era Cuentozoica” la información sobra. Está al alcance de todas y todos, es cuestión de sacar el celular del bolsillo, si no es que ya lo tenemos en la mano. Más son tantos los datos y es tanto el vértigo de este mundo moderno que para las masas, es imposible sacar algo en claro. ¿Por qué habría de preocuparme a mí el cambio climático, una guerra lejana o los derechos de otros si la gasolina está tan cara? ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos? ¿Estoy hablando con una persona, con una inteligencia artificial, con un híbrido – y será que eso últimamente importa? ¿Quién dice la verdad y quién miente? Es más, ¿existe alguna verdad, o al menos, alguna verdad relevante para mí?
En medio de este caos, en medio de la vorágine de este mundo Volátil, Incierto, Complejo, Ambiguo (mundo “VUCA” según lo caracterizó el Pentágono) lo único que siente el pueblo son náuseas. Las redes sociales solo han servido para aumentar la confusión. La solución práctica que hemos encontrado es seguir el incauto ejemplo de Luis Miguel: “Miénteme, como siempre / Por favor miénteme / Necesito creerte / Convénceme”. Sí, hemos optado por creernos alguna historia, algún cuento que podamos entender y sobre todo que nos ofrezca consuelo. Así lo han entendido una multitud de políticos a nivel mundial y todos en coro, como nunca en la historia, todos nos cuentan cuentos. El autodenominado “Hombre Sabio” (Homo Sapiens) le ha entregado un cheque en blanco al Hombre Fuerte (Homo Fortis). Estos últimos nos recetan un coctel de sedantes verbales y analgésicos actorales día y noche y eso parece ser suficiente; independientemente de hechos, evidencias, argumentos y resultados. Es la era del discurso, del verbo inflamado, del golpe en la mesa. Nothing else matters…
¿Esperanza? Creo que sí, pero no a corto o mediano plazo. Dice la milenaria sabiduría india que “todas las cosas viajan inexorablemente hacia su contrario”. El péndulo de la historia volverá a oscilar y de alguna manera encontraremos el camino. Una novedosa legislación australiana que prohíbe las redes sociales para los menores de dieciséis años apunta en la dirección correcta.
Mi punto es sencillo: que no nos arrullen con cuentos de hadas. Una vez dormidos, pueden suceder muchas, muchas cosas. Podríamos tener un muy amargo despertar….
Las antenas son el equivalente a nuestra nariz y el olfato es su sentido primordial. Esto se hace evidente cuando nuestra curiosidad supera el vértigo de la vida moderna y, con la deliciosa naturalidad de un niño, examinamos sus rutas en la hierba. Marchan con una seguridad pasmosa, sintiendo rápida y repetidamente tanto la senda como a sus congéneres. Se me antoja que la colonia funciona como una base de datos que se alimenta continuamente a través de miles de sensores, un majestuoso sistema de información que mueve gigantescas cantidades de bytes a través de mensajeros químicos llamados feromonas. Así sobreviven, transmitiendo datos sobre la ubicación de fuentes de alimento, de peligros, de enemigos, de la ubicación de la colonia. Son ciento setenta millones de años de evolución en acción, un algoritmo depurado, una operación optimizada, un sistema complejo y eficiente construido a partir de elementos muy básicos. Toda esa información mueve a su vez lo que podríamos caracterizar como “pedacitos de sol”: cortes de hojas y flores donde la fotosíntesis ha almacenado en forma de moléculas complejas la energía de nuestra estrella. Hasta aquí, la colonia y sus marchantes miembros son un triunfo cabal de la naturaleza. Pero todo sistema es corruptible y toda sociedad tiene sus debilidades. La marcha de las hormigas no es la excepción.
Estas calamidades son relativamente comunes con las hormigas corta-hojas. Sus caminos se extienden por cien metros o más, llevando comida e información cual tentáculos hasta la colonia. Pero si por alguna razón el camino se convierte en una trayectoria cerrada – un círculo o similar – sobreviene el desastre. Con su genio habitual, Ed Yong lo caracterizó en un artículo publicado en “The Atlantic” en Septiembre del 2020 en el contexto de la pandemia del COVID 2019 (“America Is Trapped in a Pandemic Spiral“). Citando a Yong: “Si estos senderos accidentalmente se vuelven sobre sí mismos, las hormigas quedan atrapadas. Se convierten en un espeso y arremolinado vórtice de cuerpos que se asemeja a un huracán visto desde el espacio. Marchan sin cesar hasta que caen por el agotamiento o la deshidratación. Las hormigas no pueden percibir ninguna imagen más grande que la que se encuentra inmediatamente delante. No tienen una fuerza coordinadora que los guíe hacia un lugar seguro. Están aprisionados por un muro de sus propios instintos. Este fenómeno se llama espiral de la muerte.” Ciertamente es una imagen nada alentadora.
“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
George Santayana
Quiero extender la alegoría postulada por Yong entre las espirales de la muerte de las hormigas y el actuar estadounidense durante la pandemia a nuestro actuar general como especie ante toda calse de peligros existenciales y planetarios. Mi punto es que el tribalismo está tan imbuido en nuestra forma de ser que pareciese que la ancestral ciudad estado es el tamaño más adecuado a nuestra humana idiosincracia. La unión que nos ofrecen las ideas (me refiero símbolos patrios, conceptos como nación, estado, país) el nivel de cohesión obtenido a través de ellas es deficiente – y valga la crítica lo espuesto sobre el tema por el brillante Y. N. Harari. Pareciese que entre mayor el tamaño del país y la diversidad de sus gentes, más susceptibles a presentar grietas, a tender a fracturarse en trozos menores. Acontecimientos internos recientes en repúblicas federadas como los Estados Unidos, Argentina y Brasil son prueba de ello. China y su tensión interna es otro ejemplo interesante. El tinglado siempre titubeante de la otrora Unión Soviética es otro caso más. Y cuando queremos llevar la idea a un nivel planetario, aquí se nos cae el castillo de naipes por completo. La otrora Liga de las Naciones y la actual Organización de las Naciones Unidas (ONU) son monumentos a una gobernanza global fallida. Como las hormigas, estamos atrapados en una espiral, en un vértice, en un círculo vicioso impulsado por nuestra historia, nuestras costumbres, nuestros miedos, nuestra codicia y nuestros instintos. Diríase que pesa más el pasado que el futuro. No tenemos una fuerza coordinadora, un cuerpo global de gobernanza, un aglutinante global. Falta visión y voluntad. ¿Guerra de trincheras en Ucrania? ¿Amenaza nuclear? ¿Cambio climático? ¿Contaminación masiva? ¿Inteligencia Artificial fuera de control? ¿Subida de los océanos? ¿Extinciones de especies? ¿Pandemias? ¿Crisis de refugiados? ¿Conflicto en Medio Oriente? ¿Amenazas celestes? Nos valen madre. Como las hormigas, seguimos ciegamente marchando, oliendo las hormonas de la que va adelante, ajenos a la trayectoria sin sentido de la ruta que lleva a ninguna parte. Pareciera que lo que nos importa es simplemente marchar por marchar, consumir por consumir, pelear por pelear.. Es una amarga ironía que tras millones de años de evolución estemos imitando a las pobres hormigas, atrapadas sin salida en su círculo sin fin. Dos espirales paralelas que conducen a un destino similar.
Para no concluir con una nota tan tétrica, quien les suscribe sueña (debería decir aspiro, o quizá deseo, o quiero, ambiciono, imploro, abrazo. pido… deberían de inventar un verbo para algo que se ansía con tan absoluta devoción pero que se piensa con tan completo desconsuelo) con que haya un evento que nos permita romper el círculo y nos una como especie. Algo que rompa el círculo. Algo que nos haga ver más allá de “mi tribu”, “mi congregación”, “mi barrio”, “mi etnia”, algo que me haga entender que rompa el egocéntrico enfoque solamente en los que son como yo y están cerca de mi; en los que son mis pares, cercanos, fáciles de comprender, con las mismas ideas y costumbres. Ese evento transformador podría ser la llegada de la fusión nuclear controlada, o la confirmación de la vida en otros mundos – o su visita a esta tercera roca desde el Sol – o una nueva pandemia que, si o si, nos haga trabajar juntos para evitar nuestra extinción, o tal vez sobrevenga una Inteligencia Artificial General benévola que nos guíe hacia un mañana mejor. En tanto rompa el círculo fatal, que venga lo que sea. Como cantaba cierto flaco, “más raro fue aquel verano / que no paró de nevar…”.
El texto en jeroglífico indica que Tutanmatón I fue fuente de profunda discordia para su pueblo. Sus seguidores lo adoraban. Le llamaban “Enviado de Isis”, “Faraón del Pueblo” y otros muchos títulos. Sus detractores le decían “Hijo de Seth”, “Escorpión del Desierto” y muchos otros epítetos y sobrenombres. Por lo poco que se sabe de este curioso personaje tal polarización era natural; pues se caracterizaba por su carácter inmisericorde, su pose altiva y por un discurso explosivo como nunca se había visto en el Reino. Si bien fue miembro activo de la Segunda Dinastía y ejerció como Consejero del Tesoro para el anterior faraón, por no mencionar que vivió treinta años como príncipe en la isla de Creta (en donde aprendió a no titubear al enviar a ser devorado por el Minotauro a cualquier rival) todo esto no afectó su imagen ante el pueblo. Con las malas artes de Pili la Hechicera, oráculo del Cisne Negro, pronto se posicionó como un salvador virginal sin ataduras con el pasado o con élite alguna: un Enviado, un Redentor, un Mesías destinado a salvar al Reino. El pueblo cayó hipnotizado ante su serpenteante discurso y su pose de conquistador.
Tutanmatón I arremetió sin piedad contra todas las instituciones egipcias: el Consejo de los Jueces, la Asamblea del Pueblo, los Voceros de la Plazas, la Gran Casa de Sanación. Sus afrentas alcanzaron hasta a los embajadores del Imperio Romano y de Rodas. Quienquiera que se atreviese a criticarle o adversarle de cualquier manera era más que su adversario, era su enemigo mortal. Cuando transcurría la mitad de su reinado, empezaron a darse indicios de desgaste en su popularidad. El ambicioso faraón intentó entonces una audaz maniobra. El faraón decidió que la Pirámide del Control, entidad que verificaba el buen uso del tesoro nacional, entorpecía los grandiosos planes que tenía para “su” Egipto. Declaró entonces corrupta y enemiga del pueblo a la Contable Mayor, y luego propuso “fortalecer” la Pirámide a través del “Código del León” . Los códices jeroglíficos indican que este Código estipulaba que “La Pirámide del Control en el ejercicio de cualquier de sus funciones, decisiones y actuaciones no podrá sustituir, abarcar, interferir, ordenar, interpretar, advertir, recordar, ni recomendar asuntos que corresponden exclusivamente a las competencias propias de la administración pública activa en toda su extensión, ni sustituir las competencias de administración pública activa en sus modalidades de función decisora, ejecutiva, resolutora, directiva u operativa, ni podrá evaluar previamente la gestión administrativa de la administración pública activa.” Además, “En ningún caso el ejercicio de la potestad de la Pirámide del Control suspenderá la ejecución de actos y contratos del Estado o sus instituciones, suspensión que solamente podrá efectuarse mediante la respectiva orden judicial de acuerdo con el ordenamiento jurídico aplicable al caso.” Finalmente, el grabado en piedra dice que “La Pirámide del Control únicamente podrá actuar a posteriori de las actuaciones administrativas para garantizar su legalidad”. Algunos funcionarios de Tutanmatón se atrevieron a mencionarle al faraón que eso no tenía ningún sentido: ¿cómo iba tal texto a fortalecer a la Pirámide del Control, si más bien le quitaba potestades y solo le dejaba revisar las cosas una vez acontecidas? No entendían como tal Código podía fortalecerla. Como tantos otros numerarios del Reino, fueron despedidos, desterrados y algunos hasta lanzados a las oscuras aguas del Nilo a disfrutar unas largas vacaciones con el Dios Anubis.
Lo que sigue no está tan claro: el registro en piedra está sumamente dañado y las secciones sobre el devenir del resto del reinado de Tutanmatón y el impacto específico del Código en los reinados de los siguientes faraones son aún interrogantes vigentes. Sin embargo, los párrafos finales tallados en piedra son concluyentes: al perderse el control del tesoro nacional y sobre todo la confianza en todo lo que se había forjado durante siglos, aquel poderoso Reino sucumbió sumido en el caos, la intolerancia y las guerras intestinas. Postdata: cualquier parecido con la realidad actual nacional es pura y mera coincidencia…