¡Qué sabio es saber que no sabemos! / The wisdom behind our accepted ignorance.

Fotografía de un tardígrado, quizá la criatura más resiliente del planeta. Miden aprox. 0.5mm / Photo of a tardigrade, perhaps the most resilient creature on the planet. Approx. 0.2in.
ESPAÑOL:
Lo admito, la ignorancia me apasiona. Bueno, lo que quiero decir es que me entusiasma reconocer que sabemos muy poco y cuán recientes son nuestras revelaciones. Al pensarlo siento como si me poseyera el espíritu de un tal Sócrates y me sacudiera violentamente, exigiéndome humildad, apertura y contrición. Aprovechando tan filosófico rapto (por no decir ateniense posesión) únanse a un viaje de descubrimiento, les prometo que también les entusiasmará.
1543, Alemania: Copérnico publica su obra magna postulando que la Tierra no es el centro del Universo y que giramos alrededor del Sol. 1610: Galileo apunta al cielo y comprueba las ideas de Copérnico y sufre la persecución de la iglesia por ello (“Eppur si muove.”) Holanda, 1670: Antonie van Leeuwenhoek apunta un sencillo microscopio a una gota de agua y descubre la existencia de los microorganismos. Estos seres son las bacterias, protozoarios, virus y similares que componen al menos el 15% de la biomasa del planeta (los animales somos alrededor del 2%) y que habitan literalmente todo, desde la atmósfera alta hasta los océanos y kilómetros bajo la superficie de la tierra, pasando por nuestras entrañas. Su descubridor fue ampliamente atacado en su momento por presentar una “insensatez”. 1740-1800: Benjamin Franklin y otros pioneros descifran la naturaleza de la electricidad. 1773: descubrimiento de los tardígrados, pequeños animales que en su estado de hibernación se muestran “a prueba de todo” pues pueden resistir desde el calor extremo, la desecación, el frío intenso, la radiación y hasta el vacío del espacio. 1801: Thomas Young demostró la extraña dualidad onda-partícula de la luz. Esta es buena: hace solo ~200 años (1824) se presenta al fósil del Megalosaurus, primer dinosaurio formalmente reconocido. Esos animales reinaron por casi 200 millones de años, y nosotros nos dimos cuenta hace tan solo 200… una jurásica diferencia. Una vez más, los ataques y burlas ante el descubrimiento fueron la norma en su tiempo. Luego a mediados del siglo XIX, Charles Darwin publicó su teoría de la evolución por selección natural, coincidiendo con Pasteur y Koch y su teoría de los gérmenes como causantes de enfermedades (anteriormente las explicaciones rayaban desde los “humores”, los “malos aires” y los castigos divinos). En 1869, desde Rusia, Dmitri Mendeléyev presentó al mundo a los elementos químicos organizados en la tabla periódica, sufriendo burlas y escarnio público por considerarse “adivinación” o “misticismo” al proponer la existencia de elementos aún no descubiertos. Casi empezando el siglo anterior, Henri Becquerel y los Curie descubrieron la radioactividad, abriendo la puerta a la era atómica: tratamientos para el cáncer, reactores, fisión, fusión y lamentablemente las armas nucleares.
“Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano.”
Isaac Newton
Vamos ahora al siglo XX. 1903: primer vuelo de los hermanos Wright – muy a pesar de lo predicho por el cálido de Lord Kelvin (pun intended), quien en 1895 dijo: “El vuelo de máquinas más pesadas que el aire es impracticable, si no totalmente imposible” y en 1902: “No tengo ni un ápice de fe en la navegación aérea que no fuese en globos” -. 1905: Albert Einstein postula la teoría especial de la relatividad, y diez años después, la relatividad general. El hito siguiente es mi favorito: en 1924 Edwin Hubble demostró que el universo se extendía mucho más allá de la Vía Láctea. Sí, leíste eso bien: hace solo un mísero siglo pensábamos que el Universo era la Vía Láctea (hoy sabemos que hay por lo menos dos billones (sí, billones con B) de galaxias en el Universo. Para efectos de comparación nótese que la primera imagen de campo profundo del telescopio espacial James Webb (conocida como SMACS 0723), que abarca una porción del cielo equivalente a un grano de arena sostenido con el brazo extendido, capturó miles de galaxias. ¡Ups! Pequeño error de juicio por nuestra parte… Década de los 30, Meitner y Hahn lograron la fisión nuclear, Fritz Zwicky propone la existencia de la materia oscura y Baade postula la existencia de las hoy “rutinarias” supernovas. En 1938, el hallazgo de un pez celacanto vivo en Sudáfrica conmocionó a la biología al tratarse de una especie considerada extinta hace millones de años. 1957: lanzamiento del primer satélite artificial, el Sputnik. Avanzando a la década de 1960, la confirmación de la tectónica de placas validó finalmente la deriva continental de Mr. Wegener, a quien tanto ridiculizaron en vida. 1969: Brock descubre a los microorganismos extremófilos capaces de vivir en aguas ardientes. A partir de ahí, se expande el concepto con nuevas especies capaces de soportarlo todo: extrema acidez, radiación, frío y altas presiones (incluyendo las habilidades del ya mencionado tardígrado). Por supuesto, ese mismo año aluniza el Apolo 11. 1971: se comprobó que Cygnus X-1 era el un agujero negro – el primero formalmente en registro. Seis años más tarde (hace 48 años), el sumergible Alvin halló vida quimiosintética en fuentes hidrotermales abisales. Esto fueun descubrimiento biológico asombroso: son seres que habitan en la más absoluta oscuridad, kilómetros bajo la superficie y no requieren de la energía solar para sobrevivir. Encontramos de la nada ecosistemas de gusanos, crustáceos, y bacterias que se alimenta del calor y los químicos emanados por fuentes termales en el fondo de los océanos, sin mediar fotosíntesis de por medio – impresionante. En 1989 se descubren los extraños rayos en la alta atmósfera llamados “Sprites” y “Elves”, algo anteriormente calificado como leyendas de pilotos comerciales. En 1992, se confirmó la presencia de hielo en Marte (acabando con décadas de burlas sobre “perseguir espejismos”). Y luego, menudo logro: hace solo 31 años, en 1995, se detecta el primer exoplaneta (hoy hay más de 6000 formalmente reconocidos y 8000 más en investigación, y la cuenta solo sigue subiendo). Ya en el siglo XXI, la misión LCROSS confirmó en 2009 la existencia de agua en la Luna, mientras que en 2015 la colaboración LIGO detectó por primera vez ondas gravitatorias. Nuevo hito: detección del primer objeto ajeno al Sistema Solar, el aún polémico “Oumuamua”, sobre cuya naturaleza los astrónomos no se ponen de acuerdo. Para finalizar este alocado recuento, una nueva frontera: en 2022, el despliegue de los Modelos de Lenguaje de Gran Escala (LLM) marcó la llegada de una inteligencia artificial generativa plenamente funcional, casi un “alienígena” pensante activo en el planeta.
“El problema fundamental del mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas.”
B. Russell
Nuestra especie – el homo sapiens – tiene aproximadamente unos 300.000 años por aquí, contrastemos esa cifra con el anterior recuento que no abarca ni siquiera cinco siglos. Nuestro limitadísimo conocimiento es muy reciente, está evolucionando todo el tiempo y solo nos abre la razón a más y mejores preguntas. Hubo un tiempo en que el Sol giraba en torno nuestro, en que los rayos eran el martillo de los dioses, en que nos enfermábamos por castigo divino, en que los seres vivos estaban hechos de sustancias mágicas, en que no existían los dinosaurios, en que toda la vida del planeta dependía de la fotosíntesis, en que nada más pesado que el aire podía volar, en que no sabíamos de la radioactividad… ¡y todo eso siempre había estado ahí! Era cuestión de abrir la mente y mirar no solo con nuevos instrumentos, sino con nuevos ojos. Una compilación como la anterior debe impelernos a la humildad: la evidencia es incontestable y la honestidad intelectual debería ser la marca de nuestra humanidad. Mi punto es: ¿Cuántas de estas ideas serán revisadas a futuro – o ya sin eufemismos – ¿qué tan equivocados estamos hoy por hoy, y qué tanto lo estaremos mañana? ¿Por qué somos tan reacios a los nuevos descubrimientos y tan prontos a atacar y ridiculizar a nuestros pioneros? ¿Qué clase de absolutas sorpresas nos esperan aún en el fondo de los océanos, en los hielos y las profundidades de Marte, en los océanos de Encelado, en Europa, en Titán? ¿Qué habrá en esos casi infinitos otros mundos alrededor de otras tantas estrellas? ¿Hasta dónde llegará la Inteligencia Artificial? ¿Habrá algo más allá de la muerte? ¿Qué es la consciencia? ¿Qué hay más allá del límite visible del Universo? ¿Qué son la materia y la energía oscuras? ¿Será posible viajar en el tiempo? Se me ocurren tantas y tantas preguntas, y ninguna es descabellada. Simplemente es de sabios saber que no sabemos. Humildad, apertura, esperanza.
Han pasado casi 2500 años pero Sócrates aún nos susurra al oído: “La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia”. Qué hermoso es saber que no sabemos, que fascinante es abrir la mente y el alma a la posibilidad de nuevos descubrimientos y aventuras.
🖖Larga vida y prospera,
Fernando
ENGLISH:
I admit it, ignorance fascinates me. Well, what I mean is that I am thrilled to acknowledge how little we know and how recent our revelations are. Thinking about it makes me feel as if I were possessed by the spirit of a certain Socrates, shaking me violently and demanding humility, openness, and contrition. Taking advantage of such a philosophical rapture (not to say Athenian possession), join me on a journey of discovery—I promise you will be thrilled too.
1543, Germany: Copernicus publishes his magnum opus, postulating that the Earth is not the center of the Universe and that we revolve around the Sun. 1610: Galileo points to the sky, proves Copernicus’s ideas, and suffers persecution by the church for it (“Eppur si muove.”) Netherlands, 1670: Antonie van Leeuwenhoek points a simple microscope at a drop of water and discovers the existence of microorganisms. These beings are the bacteria, protozoa, viruses, and the like that make up at least 15% of the planet’s biomass (we animals are around 2%) and literally inhabit everything, from the upper atmosphere to the oceans and kilometers below the Earth’s surface, including our insides. Their discoverer was widely attacked at the time for presenting “foolishness.” 1740-1800: Benjamin Franklin and other pioneers decipher the nature of electricity. 1773: Discovery of tardigrades, tiny animals that in their hibernation state prove to be “indestructible” as they can resist extreme heat, desiccation, intense cold, radiation, and even the vacuum of space. 1801: Thomas Young demonstrated the strange wave-particle duality of light. This is a good one: only ~200 years ago (1824), the fossil of the Megalosaurus, the first formally recognized dinosaur, was presented. Those animals reigned for nearly 200 million years, and we realized it just 200 years ago… Holy Jurassic difference, Batman! Once again, attacks and mockery toward the discovery were the norm in its time. Then, in the mid-19th century, Charles Darwin published his theory of evolution by natural selection, coinciding with Pasteur and Koch and their germ theory of disease (previously, explanations ranged from “humors” and “bad air” to divine punishments). In 1869, from Russia, Dmitri Mendeleev presented the chemical elements organized in the periodic table to the world, suffering mockery and public scorn for it being considered “divination” or “mysticism” when proposing the existence of undiscovered elements. Almost at the start of the previous century, Henri Becquerel and the Curies discovered radioactivity, opening the door to the atomic age: cancer treatments, reactors, fission, fusion, and unfortunately, nuclear weapons.
“Education is a progressive discovery of our own ignorance.”
W. Durandt
Let’s move now to the 20th century. 1903: The Wright brothers’ first flight—much to the dismay of what was predicted by such a hot character as Lord Kelvin (pun intended), who in 1895 said: “Flight by machines heavier than air is impractical, if not utterly impossible” and in 1902: “I have not the smallest molecule of faith in aerial navigation other than ballooning.” 1905: Albert Einstein postulates the special theory of relativity, and ten years later, general relativity. The next milestone is my favorite: in 1924, Edwin Hubble demonstrated that the universe extended far beyond the Milky Way. Yes, you read that right: just a miserable century ago, we thought the Universe was the Milky Way (today we know there are at least two trillion [yes, trillion with a T] galaxies in the Universe). For comparison, note that the first deep-field image from the James Webb Space Telescope (known as SMACS 0723), which covers a slice of sky equivalent to a grain of sand held at arm’s length, captured thousands of galaxies. Oops! A slight error in judgment on our part… In the 1930s, Meitner and Hahn achieved nuclear fission, Fritz Zwicky proposed the existence of dark matter, and Baade postulated the existence of what are now “routine” supernovae. In 1938, the discovery of a live coelacanth fish in South Africa shocked biology, as it was a species considered extinct for millions of years. 1957: Launch of the first artificial satellite, Sputnik. Moving to the 1960s, the confirmation of plate tectonics finally validated Mr. Wegener’s continental drift, whom they ridiculed so much during his lifetime. 1969: Brock discovers extremophile microorganisms capable of living in scalding waters. From there, the concept expanded with new species capable of enduring everything: extreme acidity, radiation, cold, and high pressure (including the abilities of the aforementioned tardigrade). Of course, that same year Apollo 11 lands on the moon. 1971: Cygnus X-1 was proven to be a black hole—the first formally on record. Six years later (48 years ago), the submersible Alvin found chemosynthetic life in abyssal hydrothermal vents. This was an astonishing biological discovery: these are beings that inhabit absolute darkness, kilometers below the surface, and do not require solar energy to survive. Out of nowhere, we found ecosystems of worms, crustaceans, and bacteria that feed on the heat and chemicals emanating from thermal vents at the bottom of the oceans, without any photosynthesis involved—impressive. In 1989, strange flashes in the upper atmosphere called “Sprites” and “Elves” were discovered, something previously dismissed as commercial pilots’ legends. In 1992, the presence of ice on Mars was confirmed (ending decades of mockery about “chasing mirages”). And then, what an achievement: just 31 years ago, in 1995, the first exoplanet was detected (today there are more than 6,000 formally recognized and 8,000 more under investigation, and the count just keeps rising). Already in the 21st century, the LCROSS mission confirmed the existence of water on the Moon in 2009, while in 2015 the LIGO collaboration detected gravitational waves for the first time. A new milestone: detection of the first interstellar object from outside the Solar System, the still-controversial “Oumuamua,” whose nature astronomers still cannot agree on. To conclude this wild recount, a new frontier: in 2022, the deployment of Large Language Models (LLMs) marked the arrival of a fully functional generative artificial intelligence, almost an active thinking “alien” on the planet.
“Real knowledge is to know the extent of one’s ignorance.”
Confucius
Our species—Homo sapiens—has been around for approximately 300,000 years; let us contrast that figure with the previous recount, which does not cover even five centuries. Our extremely limited knowledge is very recent, it is evolving all the time, and it only opens our minds to more and better questions. There was a time when the Sun revolved around us, when lightning was the hammer of the gods, when we fell ill due to divine punishment, when living beings were made of magical substances, when dinosaurs did not exist, when all life on the planet depended on photosynthesis, when nothing heavier than air could fly, when we knew nothing of radioactivity… and all of that had always been there! It was a matter of opening the mind and looking not only with new instruments, but with new eyes. A compilation like the one above must compel us to humility: the evidence is undeniable, and intellectual honesty should be the hallmark of our humanity. My point is: How many of these ideas will be revised in the future—or without euphemisms—how wrong are we today, and how wrong will we be tomorrow? Why are we so reluctant to accept new discoveries and so prone to attack and ridicule our pioneers? What kind of absolute surprises still await us at the bottom of the oceans, in the ice and depths of Mars, in the oceans of Enceladus, in Europa, in Titan? What will be lurking in those nearly infinite other worlds around so many other stars? How far will Artificial Intelligence go? Will there be something beyond death? What is consciousness? What lies beyond the visible limit of the Universe? What are dark matter and dark energy? Will it be possible to travel in time? So many questions and none is wild or far-fetched. Wisdom is about knowing that we don´t know. Humility, mind openness, hope.
It´s been nearly 2500 and Socrates still resonates in our ears: “True wisdom resides in acknowledging our ignorance”. How enlightening is it to recognize that we don´t know, how fascinating is it to open minds & hearts to the possibility of new findings and running new adventures.
🖖Long life and prosper,
Fernando
Humildad, Soberbia y Crecimiento

Photo by Vivek Doshi on Unsplash
Comencemos con un brillante ejemplo. Hablemos sobre nuestra estrella, el Sol. Según Homero (pero no Simpson, sino el original, siglo VIII AC): “Helios, el Sol, monta su carroza, brilla sobre hombres y dioses inmortales, y mira fijamente con los ojos desde su casco dorado. Sus rayos brillan deslumbrantemente y sus radiantes mechones fluyen desde las sienes de su cabeza con gracia. Su rostro es lejano. Una prenda rica y de hilado fino brilla sobre su cuerpo y revolotea al viento. Luego, tras dejar su carro y caballos de yugo dorado, descansan allá, en el punto más alto del cielo, hasta que, maravillosamente, vuelve de nuevo por el cielo al Okeanos”. Anaxágoras, un par de siglos después, propuso que el Sol era una masa de metal al rojo vivo. Por muchos siglos, la creencia más popular lo explicaba como un fuego, quizá una masa gigantesca de carbón que ardía en el cielo por los siglos de los siglos.
A mediados del siglo XIX, Julius Mayer estimó que, si el sol fuera un trozo gigante de carbón ardiente, sólo podría brillar durante algunos miles de años. Hmmm, “Houston, we have a (sunny) problem”. Vinieron entonces a la salvación los señores Helmholtz y Waterston, refrendados por Lord Kelvin, el científico “más hot”. La explicación del momento: el Sol brilla por la conversión de energía gravitacional en calor – en otras palabras, el Sol brilla debido a una lluvia continua de meteoritos atraídos por su inmensa gravedad, que, al chocar, transforman su movimiento en “calórico”[1]. Es curioso leer esta idea reflejada en la novela “De la Tierra a la Luna”, donde Julio Verne pone en labios del sabihondo Impey Barbicane (personificación de la ciencia y la industria) esta icónica frase: “Y esta teoría ha permitido admitir que el calor del disco solar es alimentado por una granizada de bólidos que cae sin cesar en su superficie”. Párrafos después, el enciclopédico Verne escribe que “el calor solar es igual a la producción de combustión de una capa de carbón que rodease al Sol y que tuviera un espesor de 25 kilómetros”. Toda una verdad consumada, calculada y aceptada en su tiempo.
Hoy por hoy, la explicación vigente es, como sabemos, la fusión nuclear. Y nos sentimos muy seguros y confiados con ella. Pero es solo una teoría, igual que las anteriores, y nuestro entendimiento del Sol nuevamente cambiará en el futuro. Más el funcionamiento de las estrellas no es el tema de fondo de este texto: ese era solo un ejemplo. Al generalizar la idea, encontramos que todo está fluyendo, lo que creíamos cierto luego resulta falso o parcialmente incorrecto, nuevas ideas aparecen y otras pierden vigor. Sam Arbesman nos lo ha alertado: el conocimiento tiene una vida media, un período de tiempo tras el cual, el 50% de lo que creíamos saber ha cambiado. Las publicaciones médicas y de salud tienen la vida media más corta: de dos a tres años. Las publicaciones de física, matemáticas y humanidades van de dos a cuatro años. Hace cien años, la vida media de los conocimientos de un ingeniero rondaba los cuarenta años. En los años sesenta, quizá alcanzaban una década. Hoy por hoy, si acaso alcanzan unos dos a cinco años. A lo que voy es que la humildad es condición necesaria para la curiosidad intelectual, para el diálogo y el aprendizaje. Si lo que creemos saber en cualquier ámbito de nuestras vidas es tratado como dogma incuestionable, como verdad última e inmutable, pues fregados estamos. No sabemos. No, no sabemos. Hay que preguntarse, cuestionarse, investigar, atreverse a desaprender y a aprender de nuevo. Hay que abrir la mente y subir el ancla que nos ata a nuestro nivel presente de entendimiento que es solo eso: un estado actual, una foto, una aproximación y nada más.
Nuestra comprensión del cosmos es prototípica de esta idea: primero fue algo así como “mi tribu es el centro de Universo”, luego “mi imperio es el centro del Universo”, luego “la Tierra es el centro del Universo”, a continuación “el Sol es el centro del Universo”. Inclusive, no fue sino hasta hace un siglo cuando Edwin Hubble comprobó que la Vía Láctea era solo una galaxia entre un número casi inconmensurable y no el Universo en su totalidad. El primer planeta fuera del Sistema Solar se descubrió… ¡hace solo treinta años! Hoy por hoy no estamos seguros si el cosmos tiene un límite o si hay infinidad de Universos. Menudo cambio de opiniones a través de los siglos…
Pero es en nuestra interacción social – en las redes sociales en particular – en donde más se extraña la humildad. Especialmente al hablar de política, religión y otros temas similares es en donde venimos a defender posiciones más que a conversar. En esas interacciones priva el orgullo, la altanería, el enfoque en “ganar” versus encontrar una solución grupal al problema de fondo. Ataques personales, argumentos falaces, mentiras. Todo vale con tal de ganar (ganar ¿qué?). Nos urge, nos falta, nos duele la falta de humildad. Recuerdo ahora una oración de mi infancia: “(…) que no busque yo tanto / ser consolado como consolar / ser comprendido, como comprender / ser amado, como amar.” Suscribo aún esas líneas.

Imagen con licencia Creative Commons: www.unkind.pt
Y es que esta soberbia, esta altivez, esta vanidad nos retiene en lo que sabemos, digo mal, en lo que creemos saber. Tenía razón Mulder: “The truth is out there”. Lo que omitió decir Fox es que, en el campo de juego de la verdad, la línea de anotación se mueve constantemente. Un genial percusionista, consumado lector de jeroglíficos, estudioso del comportamiento de las hormigas, políglota, artista, viajero, investigador en genética, físico teórico y ganador del Nobel dijo una vez: “Puedo vivir con la duda, con la incertidumbre, y el no saber. Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que podrían estar equivocadas. Tengo respuestas aproximadas, y posibles creencias, y diferentes grados de certeza sobre diferentes cosas, pero no estoy absolutamente seguro de nada.” Bingo, Mr. Feynman. Nada más que agregar.
Un abrazo,
Fer
Publicado originalmente en Delfino.cr.
[1] Según Kelvin: “That some form of the meteoric theory is certainly the true and complete explanation of solar heat can scarcely be doubted, when the following reasons are considered: (1) No other natural explanation, except by chemical action, can be conceived. (2) The chemical theory is quite insufficient, because the most energetic chemical action we know, taking place between substances amounting to the whole sun’s mass, would only generate about 3,000 years’ heat.”
No se habla de Bruno

Hace solo unos días se dio un evento extraordinario, algo verdaderamente nuevo bajo el sol (¿no que no?). Se trató de una audiencia en el Congreso de los Estados Unidos en donde tres testigos, tres militares retirados de alto nivel y bajo juramento constitucional hicieron declaraciones simplemente sensacionales. Los testigos reafirmaron su experiencia directa con “UAPs” (Fenómenos Anómalos no Identificados, por sus iniciales en inglés), anteriormente conocidos como “UFOs” u OVNIs en español, las increíbles capacidades de estos artefactos y la existencia de un avanzado programa de explotación tecnológica por parte de la milicia norteamericana. Las credenciales de los testigos son incuestionables y sus declaraciones han sido ratificadas como creíbles y urgentes por altos personeros de la inteligencia militar norteamericana. Adicionalmente, un notable grupo de congresistas tanto Demócratas como Republicanos lideran este proceso, apoyando directamente a los testigos. Con todo y tal como decía el genial Carl Sagan, “afirmaciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria” – o por lo menos a la altura de las aseveraciones, añadiría este servidor.
“El universo es un sitio bastante amplio. Si solo estamos nosotros, me parecería un auténtico desperdicio de espacio”.
Carl Sagan, 1934-1996
De manera tal que, aunque haya videos, múltiples testigos y documentos, la prueba definitiva e irrefutable en torno a esta “crónica marciana” (Ray´s pun intended) está aún pendiente. Dicho lo anterior, lo que me parece aún más extraordinario que los eventos como tales es la limitada cobertura que han tenido los mismos. Quiero decir, ¿no es esta la noticia más sensacional de la historia? La respuesta es obvia pero este asunto ha salido a la luz no gracias a las grandes cadenas noticiosas, los mayores diarios o semanarios. Ha surgido a través de los esfuerzos de pequeñas cadenas noticiosas y similares actores secundarios del mundo de los medios. Y lo que raya en lo increíble es que aún después de la audiencia y la masiva atención pública generada por la misma, el tema en cuestión no acaparase titulares en los grandes medios. ¿Por qué?
Podríamos elaborar un par de teorías conspirativas como respuesta a esa inquisitiva pregunta más dejemos tal cosa para otros autores. En lo personal, me parece que hay una mezcla de factores que inhiben tanto a la sociedad como a la prensa. En primer lugar y primordialmente, creo que este asunto aún acarrea un estigma, un tufo a “lunático” que espanta a los medios y a la deliberación seria. Los medios tradicionales son particularmente cuidadosos con su reputación e imagen al ser su activo más valioso: “mejor, no, que otro se arriesgue”. En segundo lugar, creo que hay una enorme ignorancia sobre el tema. Pulula la desinformación, las verdades a medias y los sensacionalistas que únicamente quieren atraer tráfico a sus sitios web. La cobertura científica, seria y sosegada del tema es limitada y aún más limitado es su lectura y estudio por parte de reporteros y del gran público. Finalmente, creo que se trata además de un asunto de perspectiva, o por mejor decir, de falta de perspectiva por parte de todos nosotros. Los seres humanos vivimos nuestras vidas casi como hormigas, siguiendo casi inconscientemente los angostos caminitos trazados por la sociedad. Vivimos pensando en nuestro tiempo y en lo que sucede en el diminuto territorio donde nos movemos e interactuamos. Somos prisioneros de nuestra época y de nuestra geografía: ¡como nos cuesta alzar la cabeza y mirar a los cielos! Se nos hace tan difícil dejar de pensar en el trabajo, en el partido de fútbol y en la sección de espectáculos. Se nos olvida dirigir nuestra mente hacia el mundo de las ideas, hacia los eventos internacionales y globales. Somos pérfidos buscadores de la verdad. Quizá, en el fondo, le tememos…
“En mi opinión, es mucho mejor entender el universo tal como es que persistir en el engaño, a pesar de que éste sea confortable”
Carl Sagan
De manera tal que, con este asunto, quizá el más grande de la historia, pasa como con los Bruno (Giordano y Madrigal) mutis, chitón, a callar y a la hoguera del olvido. Ya veremos si los recientes acontecimientos terminan por develar el mayor secreto de todos los tiempos. Creo que sería algo para bien: parafraseando a Will Durant, se va a necesitar algo fuera de este mundo para hacer que por fin nos dejemos de idioteces y nos unamos como Humanidad. Bien que lo necesitamos.
Saludos desde Heredia,
Fernando
“Podemos juzgar el progreso por la valentía de las preguntas y la profundidad de las respuestas; por la osadía de encontrar la verdad más que en regocijarnos en lo que nos hace sentir bien”.
Carl Sagan
Movie: Don´t look up! / Película: ¡No mires arriba! (ni abajo, ni a los costados… mejor no mires del todo)

Ví hace poco la película “¡No mires arriba!” (“Don´t look up!” 2021, Director: Adam McKay). No pretendo ser crítico de cine y dejaré las formalidades a los que a eso se dedican. Como espectador, la recomiendo a cabalidad: es “trágicamente divertida” (o divertidamente trágica según juzgue el lector) y lo mantiene a uno inmerso en la historia, casi al filo del asiento de principio a fin. Esto es algo muy difícil de lograr con el tema de fondo de la cinta. Y es que ese tema de fondo – el “leitmotiv” si lo tienen a bien – no es difícil de digerir ni mucho de menos de presentar de una manera amigable al gran público. Ahí reside entonces el mayor aporte de esta obra.
De lo que estamos hablando es de la brillante manera en que se expone nuestra humana e infinita capacidad de auto-engañarnos, o parafraseando el título, de mirar para otro lado cuando las cosas no son de nuestro agrado. La trama presenta este fenómeno – esta falla fundamental en el razonamiento humano – a través de un chocante ejemplo (pun intended); como lo es el inminente impacto de un cometa que devastará al planeta entero a menos que se haga algo urgentemente. Los científicos y la gente racional se devanan los sesos y el hígado tratando de generar conciencia y acciones concretas para salvar al mundo, solo para ser boicoteados por políticos, fanáticos, empresarios corruptos y la sociedad en general. #dontlookup grita la gente en coro. No queremos ver, no queremos escuchar, no queremos saber. El rebaño de los “no-creyentes” se aglomera en torno a políticos devenidos en apóstoles-bufones, las redes sociales braman y los científicos y expertos son vilipendiados con el fútil ataque ad-hominem: como si tuvieran culpa alguna o algo se ganase con ello. Todo lo contrario: los sabios y los expertos solo están queriendo ayudar pero es más fácil “vender” como enemigo a un fulano que a una compleja calamidad. Gana entonces el “pensamiento mágico” (wishful thinking), el engaño colectivo, la fanaticada, la mentira reforzada de Goebbels hasta derivar en lobotomía social auto-inflingida. La tragicomedia no termina muy bien para nadie, sobra decir.
Si bien actualmente no tenemos (que sepamos) cometas o asteroides en trayectoria de colisión con la Tierra, hay otros eventos que ya nos están impactando o están próximas a hacerlo para los cuales simplemente nos hacernos de la vista gorda. ¿Cuáles? Para empezar, el cambio climático devasta ya al mundo, con incendios masivos en California y Australia, el derretimiento de la tundra en Siberia y de los polos y glaciares, el calentamiento de los océanos y el clima extremo a nivel mundial. Cada año es peor y la respuesta como especie se limita a compromisos “sin dientes” y discursos ridículos. No podemos dejar de mencionar la deforestación masiva, la extinción continua de especies, la alucinante contaminación de los océanos y la atmósfera. Pensemos en el menosprecio a los migrantes y en el sufrimiento de millones de personas y animales, mal alimentados, explotados, olvidados. Para colmo de males, la pandemia ha confirmado con un nuevo y clarísimo ejemplo como la ceguera política y la falta de gobernanza global lleva casi axiomáticamente a la “tragedia de los comunes”: el acaparamiento de las vacunas deriva en enormes desperdicios en los países ricos y en faltantes masivos en los estados pobres, lo que abona aún más el terreno para que surjan variantes del virus que dilatan la emergencia. Mientras tanto, el sistema político “vende humo” y promesas vacías y las grandes corporaciones y capitales se enfocan únicamente en lucrar. Como dice cierta cancioncilla, “nuestra sociedad, es un buen proyecto para el mal”.
Al final, lo trágico de todo esto es que, tarde o temprano, todos estos “cometas” terminarán por estrellarse en nuestras caras. Los hechos son los hechos aunque no nos gusten, aunque un Presidente diga que es “esto es solo una gripe”, aunque nieguen que el cambio climático exista, aunque vendan las redes sociales como algo inocuo que no requiere regulación, aunque nos digan que podemos deforestar impunemente porque “la Creación es nuestra”. De nada vale mirar para otro lado: el puñetazo de la verdad simplemente se estrellará dolorosamente en nuestra mejilla (y en la de nuestros hijos). Hoy, más que nunca, necesitamos coraje. Sí, coraje para alzar la mirada y ver a los problemas a los ojos, para aceptar la verdad aunque no nos guste; para entender que las crisis globales demandan necesariamente soluciones globales, para dejar de pensar en la próxima elección y comenzar a pensar en la próxima generación. Solo así saldremos de este trance… antes que se estrelle el siguiente cometa en nuestro patio trasero.
Un abrazo,
Fernando
Photo by Frank Zinsli on Unsplash
Ocurrencias cuánticas
Entre sonrisas plásticas y un discurso cuasi-técnico, un comercial nos vende lentes de sol con una novísima tecnología que permite una “visión en HD”: alta definición para el mundo real, algo así como las “teles” nuevas. No sé si querría ver con más definición algo como el escenario político nacional – a veces dan ganas de sacarse los ojos– pero bueno, así es el marketing.
Y es que de un tiempo para acá, en esta nuestra sociedad cada día más de modas y apariencias, y muchas veces en coloquio con intereses francamente comerciales, se ha puesto en boga el meterle un sabor a ciencias avanzadas (especialmente a física) a cualquier ocurrencia: cuestión de empaque. Veamos el caso “cuántico”. Para empezar, hagamos un ejercicio de humildad. Lo cierto es que Ud. y yo, amable lector, en conjunto con el 99.9999% de la humanidad, de física teórica en general y cuántica en particular no entendemos ni jota. Quiero decir, habrá alguno que tenga nociones, y hasta quien pueda manejar uno que otro concepto, pero esta es materia (¿oscilación?) de unos muy pocos expertos. La física avanzada es practicada con conocimiento de causa por una élite, pues demanda una mezcla de tremenda capacidad intelectual, dedicación y especialización: no es cualquier hijo de vecino el que viene a demostrar teoremas en esta área, donde confluyen matemáticas complejas junto con una abstracción que raya en lo filosófico. Pero esto no desanima a algunos académicos de esos a los que les pesan más los títulos que el nombre, y por supuesto, a los comerciantes, que han encontrado una cuantiosa veta por explotar. Cuántico: esta palabra, con su aire etéreo y misterioso, brinda a cualquier cosa un aire muy especial. Es así como tenemos “socialismos cuánticos”, “democracia cuántica”, “liderazgos cuánticos”, “coaching cuántico”, “management cuántico”, “medicina cuántica”, “economía cuántica”, “cocina cuántica”, etc. El lector ya lo habrá adivinado; la receta es sencilla: tómese un concepto X (los de las ciencias sociales y administrativas son especialmente proclives a cuantificarse) y arrímele la etiqueta “cuántico”, y voilá, tenemos un ganador: la esdrújula palabreja hace su magia. Para el caso, creo que podríamos postular un “chifrijo cuántico-plasmático de impulso variable” en honor al Dr. Chang, y funciona (sobre todo si se abusa con el producto). Más allá del chiste, hay que tener cuidado: que no nos metan cuanto, digo, gato por liebre. Juan Ignacio Cirac, reconocido científico español y especialista – este sí, de verdad – en física cuántica, en un breve y aleccionador video disponible en internet, nos dice como lo cuántico, con su alucinante fenomenología, no debe usarse para explicarlo todo, y mucho menos para venderlo todo: sean productos o ideas.
La lección es generalizable: los conceptos científicos tienen su campo de aplicación muy específico. ¿Qué se pueden hacer analogías? De acuerdo, pero no por bautizar cualquier idea (ocurrencia) con títulos técnicos o estrafalarios se hace válida o “mejor”. Hay que ir con pies de plomo: no todo lo que vibra es cuántico, ni todo lo que brilla es oro. Y hasta aquí, que este cuantioso cuento de cuantos no da para tanto.
