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Cuento: Cortos Circuitos

A mí no me gusta caer en el papel del protagonista, ni mucho menos ser EL protagonista. O quizá debería decir “el Protagonista”. En el fondo, creo que a nadie le gustan esas cosas, pues esos asuntos tan existenciales son potestad y prerrogativa del narrador. Más precisamente, de “EL narrador ¿O será más bien “el Narrador”? No acierto sobre la ortografía correcta pues esta debería responder al sujeto (¿Sujeto? ¿sujetos?) y ahí está el quid del asunto. Supongo que la ortografía como tal no tiene mucha importancia, pero atrás vienen mamá sintaxis y papá semiótica y esa familia es harto conflictiva. ¿Ecos de Eco? Creo que sí. Pero… divago. Es que cuando uno comienza a asumir sus credenciales, su papel, su destino, ese protagonismo tan propio de un protagonista, pues las cosas comienzan a hacerse un embrollo. ¿O será el narrador quien me las hace un embrollo? A veces siento que podría ser así pues de lo contrario me moriría de aburrimiento… y él conmigo (o por lo menos eso es lo que él cree pues está narrando, lo cual no es poca cosa pero tampoco es algo así como un prodigio, pues todo narrador que valga la pena necesita de una audiencia que le preste oídos y quizá hasta voz y por tanto lo hacen a su vez protagonista). Me parece detectar una paradoja por ahí. Una singularidad, un absurdo. Diantres, me está dando dolor de cabeza. ¿O me lo están brindando a mí, tal vez como un castigo o quizá como un regalo? ¿Ven que esto de ser protagonista es asunto de valientes? Que lío… me narran o estoy narrando o narramos todos juntos (¿se dice así?) Digo, fonéticamente se escucha horrible: “narramos”. Que palabrita. Ja. Hasta risa me da (¿nos da?). Suena feo. Al menos suena muy feo aquí adentro en mi cabeza (no nos confundamos, no estoy loco, no estoy hablando solo). Hablando de cabezas, parece que en este momento no fuese la mía sino la de alguien más que me está relatando, que me narra, que me habla… ¿o escuchando, o me lee acaso? Que dilema el mío (o el suyo o el nuestro). Usted decida, o al menos crea decidir. Es cosa suya y quizá un poco mía también.

De manera tal que a estas alturas del folio no estoy seguro (¿segura, seguros?) de nada. No sé si leo, me leen, o nos leemos. Estoy dudando de si protagonizo, me protagonizan o si protagonizamos todos juntos. Inclusive vacilo si narro, me narran o narramos (esa palabrita otra vez, ¡Ja!). De lo único que estoy claro es que es un bucle maravilloso, un circuito que nos entrelaza a todos y que a veces se hace muy, pero muy corto y entonces, de manera tan mágica como inesperada, salta una chispa casi divina…

Un abrazo,

El protagonista

Peces de la Cueva

Sin ojos. O para mayor precisión, sin vista, pues lo que una vez fueron ventanas al mundo son ahora inútiles atavíos, un par de inservibles y gelatinosos esferoides a ambos lados de sus aplanadas cabezas muy cerca de las branquias. No solo eso: habían perdido además su coloración, siendo ahora de un tono blancuzco, casi translúcido algunos.  

“Una sorpresa en medio de aquellas eternas tinieblas”, dijo el espeleólogo. “Una prueba incontrovertible del poder de la evolución”, dijo el biólogo. “Una hermosa adición a la rama de los troglobios de cuevas”, dijo el taxónomo. “Todo eso, sí, pero es una poderosa advertencia además”, dijo alguno por ahí. “Estos a un tiempo acuáticos y cavernícolas seres son fehaciente comprobación de un principio: lo que no se usa, se atrofia. Ellos perdieron ojos y pigmentación ante la inutilidad y por ende, desuso de los mismos en ese su mundo subterráneo de tinieblas. Generación a generación, tales capacidades se fueron poco a poco debilitando, sutilmente degradando, lentamente abatiendo. Esta pausada marcha evolutiva los llevó a a ser lo que ahora son: sombras de otro tiempo, inútiles vestigios de otrora útiles sentidos…”

“Escuchadme: somos ahora nosotros quienes nadamos en las oscuras aguas de las redes sociales. Poco a poco, la oscuridad del.odio, las tinieblas de la postverdad y la lobreguez de la sobreinformación nos están cambiando también. Cada día perdemos un poco más los ojos de la conciencia, la luz de la razón, el color de la empatía. Nos estamos acostumbrando a que otros nos alimenten de basura en la comodidad de la caverna a costas de experimentar la luz del sol y la frescura de la corriente. Peces de cueva somos. Quizá no perdamos la vista pues la necesitamos para consumir con lo que nos atiborran, pero vamos a perder algo aún más importante: nuestra capacidad de razonar, de distinguir hechos de mentiras y ante todo, de tolerarnos y ayudarnos. Abramos bien los ojos, pero los ojos del Alma… antes que, como los peces de la cueva, los perdamos para siempre”.

Fernando