Yearly Archive January 28, 2026

Foto: Moda veraniega / Photo: Summer fashion

Está foto me hace sonreír. / This photo puts a smile on my face.

La foto es mía, tomada ayer en mi jardín. / Shot yesterday in my garden.

Mi generación y yo

Nosotros somos una generación especial. Supongo que todas las generaciones alegan lo mismo pero la nuestra dista de ser la excepción. Somos un grupo curioso, diferente… y lo somos por mérito propio. Nacimos en un mundo aún sin computadoras en los hogares, sin celulares, sin internet y sin la mayor parte de los “gadgets” y tecnología que tanto nos ha cambiado – para bien y para mal – como sociedad. Así es, la primera mitad de nuestras vidas, esa nuestra infancia y nuestra primera juventud, fue una oda escrita entre juegos al aire libre, un álbum lleno de jardines, plazas y fiestas.

Recuerdo con particular alegría la etapa escolar. En la primera infancia, retozábamos en un pequeño “playground” que tenía un pasamanos, una “casita”, subibajas y otros juegos; todo a la sombra de aquellos gigantescos árboles que cantaban felices en la brisa. El clima era mucho más fresco y había que ir abrigados a la escuela. Evoco claramente que mi rinitis me obligaba a asistir con (y digo verdad) ¡cuatro pañuelos! Todos regresaban muy usados, pobre de mamá… Retengo además imágenes de las lecciones de Educación Física donde corríamos cantando canciones de los Niños Exploradores (“¡Una sardina, dos sardinas!…). Jugábamos partidos interminables de futbol que concluian súbitamente con el timbre del fin del receso, lo que se traducia en una avalancha de futbolistas sudorosos corriendo a la lección. Recuerdo a mis compañeras jugando “elástico” y a rondas marcadas con palmadas y sonrisas. Me invade la nostalgia recordando las raíces de esos enormes árboles de pino (hasta ahora descubrí que en realidad es otra especie), lo chillante de nuestro uniforme escolar, la “soda” y sus deliciosas empanadas, los granizados comprados en el portón, los paseos, las fiestas y los primeros amores; flechazos de un chiquillo que no tenía la menor idea de lo que estaba sintiendo, haciendo o pensando. Bueno, reflexionando un poco, esa última parte no ha cambiado tanto: tras tantos años, la diferencia ahora es saber que no sé, y saber también que eso está bien.

Y es que poco a poco fuimos creciendo. Aquella inocencia se fue quedando entre juguetes perdidos y canciones olvidadas. Surgieron responsabilidades y a mitad del camino fue naciendo entre nosotros un mundo virtual. Primero fueron las computadoras – aquellos grandes “cajones” con enormes monitores de tubos que ocupaban todo un escritorio en nuestras casas, lentas y torpes mamotretos comparadas con las de hoy. Luego internet nos conectó a la distancia. Vinieron las redes sociales y aparecieron finalmente los celulares inteligentes, y hoy por hoy muchos de nosotros hemos caído en una adicción que nos roba el contacto con el mundo físico. Somos más bien seres híbridos, criaturas que viven entre átomos y bytes, entre cosas e información. Lo que aún sostiene nuestra humanidad es el ancla profunda de nuestra historia compartida como lo es nuestra infancia, un blindaje construido con juegos, amistades y risas. Quisiera pensar que seremos capaces de transferir esa estafeta de cordura, de tolerancia y humanidad a nuestros hijos, a la generación que nos sigue. Quizá aún estamos a tiempo de dar el ejemplo y transmitirles que valen más los abrazos que los “likes”, las miradas que las pantallas y los perdones que los rencores.

Lo confieso, escribo estas líneas lleno de nostalgia, de añoranza; celebrando esos tiempos tan lejanos y el hecho de habernos reconectado hace muy poco. Si bien la vida nos ha llevado por sendas dispares y nos hemos separado en el tiempo y en la distancia, les recuerdo que tenemos un plan: siempre podremos reencontrarnos al sonar el timbre, en el recreo de la escuela, a la sombra de unos pinos que llegaban hasta el cielo. Aquellas partidos, aquellos juegos y aquellas risas nos unirán de por vida.

“Saudade”, amigos. Un saludo enorme a la distancia. Les recuerdo con inmenso cariño.

Fernando Quesada V.

Clase del B

PD: un regalo, una obra de arte del maestro Joan Manuel Serrat cantando a la infancia:

Desequilibrios

Crepúsculo. Mi mente divaga mientras riego el jardín frente a mi casa. El cielo muestra nubes que asemejan carbones encendidos asomándose entre cenizas. Inadvertidamente se me sale alguna tonadilla. Me encuentro relajado, tranquilo, despejado. De improviso, el rabillo del ojo capta “algo” y me rapta – sin mi permiso, tal cual es su estilo – a este mundo. Es una silueta que se mueve por la acera. Se va dibujando más claramente conforme se acerca: es un vecino que camina absorto mirando su celular. Me le quedó observando con tanta curiosidad como indiscreción. Ni siquiera me nota. Está en trance. Ha sido poseído por los espíritus de las redes sociales. No está ni aquí ni allá; se mueve en un limbo extraño donde su atención y su mente le pertenecen a un flujo eterno de inútiles novedades mientras su cuerpo y alma siguen atadas físicamente a este espacio. La silueta, sutilmente iluminada por su amo, se va alejando con dejos de doliente fantasma. En cuestión de momentos la aparición dobla la esquina, perdiéndose de mi vista.

Continuo entonces regando las plantas. Reflexiono. Me parece que la espectral imagen es un espejo de nuestro tiempo. Para ser más preciso, mi vecino es el prototipo de buena parte de nosotros, es el síntoma de una sociedad enferma. Somos adictos a ese flujo de menudencias, rencores, novedades y francas tonterías llamadas redes sociales. Tanto es así que a nivel nacional el 20% de los accidentes de tránsito están relacionados con la distracción digital mientras que a nivel mundial el porcentaje aumenta al 40%. A falta de datos exactos, los expertos en seguridad sugieren utilizar estas estadísticas como un aproximado para los accidentes en el hogar (por ejemplo, la ya proverbial caída por las escaleras por estar mirando el teléfono). ¿Será posible que no podamos alzar la mirada siquiera para caminar, ni que decir para calmarnos y pensar?

“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”

Aristóteles

Sigo arreglando el jardín. Pienso que necesitamos imperiosamente mayor balance en nuestras existencias. Necesitamos mesura, proporciones, moderación. Si vamos a aceptar a las redes sociales como parte de nuestras vidas entonces debemos conscientemente decidir qué porcentaje de nuestras vidas vamos a entregarles (gratuitamente, valga mencionar) a tan caros señores. Se trata de balancear tiempo de redes vs tiempo presente. “Likes” vs abrazos. “Visualizaciones” vs sonrisas. Consumo de “feeds” vs producción de ideas. Odio digital vs tolerancia real. Solo con un esfuerzo consciente vamos a exorcizar a los espíritus que nos están cautivando y que nos impiden notar que nos vigilan, que nos controlan, que vamos a tropezarnos, o de un hermoso atardecer. El primer paso es bajar el teléfono y darnos cuenta de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Sugiero que declaremos periodos de “desintoxicación”, franjas del día o eventos en los cuales no nos vamos a permitir el “scrolling”: amnistía digital. Creo que en el caso de los menores de edad, decisiones como las del gobierno australiano de prohibir completamente las redes sociales es lo correcto (hablaremos de ello luego).

El Sol se hunde en el horizonte dejando un rastro de fuego. Refresca la tarde. Un día más y un dia menos. A vos, querido lector, te deseo un buen año – un año de vivencias reales, reflexiones profundas y decisiones valientes. Éxitos.

Sinceramente,

Fer