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Mi generación y yo

Nosotros somos una generación especial. Supongo que todas las generaciones alegan lo mismo pero la nuestra dista de ser la excepción. Somos un grupo curioso, diferente… y lo somos por mérito propio. Nacimos en un mundo aún sin computadoras en los hogares, sin celulares, sin internet y sin la mayor parte de los “gadgets” y tecnología que tanto nos ha cambiado – para bien y para mal – como sociedad. Así es, la primera mitad de nuestras vidas, esa nuestra infancia y nuestra primera juventud, fue una oda escrita entre juegos al aire libre, un álbum lleno de jardines, plazas y fiestas.

Recuerdo con particular alegría la etapa escolar. En la primera infancia, retozábamos en un pequeño “playground” que tenía un pasamanos, una “casita”, subibajas y otros juegos; todo a la sombra de aquellos gigantescos árboles que cantaban felices en la brisa. El clima era mucho más fresco y había que ir abrigados a la escuela. Evoco claramente que mi rinitis me obligaba a asistir con (y digo verdad) ¡cuatro pañuelos! Todos regresaban muy usados, pobre de mamá… Retengo además imágenes de las lecciones de Educación Física donde corríamos cantando canciones de los Niños Exploradores (“¡Una sardina, dos sardinas!…). Jugábamos partidos interminables de futbol que concluian súbitamente con el timbre del fin del receso, lo que se traducia en una avalancha de futbolistas sudorosos corriendo a la lección. Recuerdo a mis compañeras jugando “elástico” y a rondas marcadas con palmadas y sonrisas. Me invade la nostalgia recordando las raíces de esos enormes árboles de pino (hasta ahora descubrí que en realidad es otra especie), lo chillante de nuestro uniforme escolar, la “soda” y sus deliciosas empanadas, los granizados comprados en el portón, los paseos, las fiestas y los primeros amores; flechazos de un chiquillo que no tenía la menor idea de lo que estaba sintiendo, haciendo o pensando. Bueno, reflexionando un poco, esa última parte no ha cambiado tanto: tras tantos años, la diferencia ahora es saber que no sé, y saber también que eso está bien.

Y es que poco a poco fuimos creciendo. Aquella inocencia se fue quedando entre juguetes perdidos y canciones olvidadas. Surgieron responsabilidades y a mitad del camino fue naciendo entre nosotros un mundo virtual. Primero fueron las computadoras – aquellos grandes “cajones” con enormes monitores de tubos que ocupaban todo un escritorio en nuestras casas, lentas y torpes mamotretos comparadas con las de hoy. Luego internet nos conectó a la distancia. Vinieron las redes sociales y aparecieron finalmente los celulares inteligentes, y hoy por hoy muchos de nosotros hemos caído en una adicción que nos roba el contacto con el mundo físico. Somos más bien seres híbridos, criaturas que viven entre átomos y bytes, entre cosas e información. Lo que aún sostiene nuestra humanidad es el ancla profunda de nuestra historia compartida como lo es nuestra infancia, un blindaje construido con juegos, amistades y risas. Quisiera pensar que seremos capaces de transferir esa estafeta de cordura, de tolerancia y humanidad a nuestros hijos, a la generación que nos sigue. Quizá aún estamos a tiempo de dar el ejemplo y transmitirles que valen más los abrazos que los “likes”, las miradas que las pantallas y los perdones que los rencores.

Lo confieso, escribo estas líneas lleno de nostalgia, de añoranza; celebrando esos tiempos tan lejanos y el hecho de habernos reconectado hace muy poco. Si bien la vida nos ha llevado por sendas dispares y nos hemos separado en el tiempo y en la distancia, les recuerdo que tenemos un plan: siempre podremos reencontrarnos al sonar el timbre, en el recreo de la escuela, a la sombra de unos pinos que llegaban hasta el cielo. Aquellas partidos, aquellos juegos y aquellas risas nos unirán de por vida.

“Saudade”, amigos. Un saludo enorme a la distancia. Les recuerdo con inmenso cariño.

Fernando Quesada V.

Clase del B

PD: un regalo, una obra de arte del maestro Joan Manuel Serrat cantando a la infancia: