Desequilibrios

Crepúsculo. Mi mente divaga mientras riego el jardín frente a mi casa. El cielo muestra nubes que asemejan carbones encendidos asomándose entre cenizas. Inadvertidamente se me sale alguna tonadilla. Me encuentro relajado, tranquilo, despejado. De improviso, el rabillo del ojo capta “algo” y me rapta – sin mi permiso, tal cual es su estilo – a este mundo. Es una silueta que se mueve por la acera. Se va dibujando más claramente conforme se acerca: es un vecino que camina absorto mirando su celular. Me le quedó observando con tanta curiosidad como indiscreción. Ni siquiera me nota. Está en trance. Ha sido poseído por los espíritus de las redes sociales. No está ni aquí ni allá; se mueve en un limbo extraño donde su atención y su mente le pertenecen a un flujo eterno de inútiles novedades mientras su cuerpo y alma siguen atadas físicamente a este espacio. La silueta, sutilmente iluminada por su amo, se va alejando con dejos de doliente fantasma. En cuestión de momentos la aparición dobla la esquina, perdiéndose de mi vista.
Continuo entonces regando las plantas. Reflexiono. Me parece que la espectral imagen es un espejo de nuestro tiempo. Para ser más preciso, mi vecino es el prototipo de buena parte de nosotros, es el síntoma de una sociedad enferma. Somos adictos a ese flujo de menudencias, rencores, novedades y francas tonterías llamadas redes sociales. Tanto es así que a nivel nacional el 20% de los accidentes de tránsito están relacionados con la distracción digital mientras que a nivel mundial el porcentaje aumenta al 40%. A falta de datos exactos, los expertos en seguridad sugieren utilizar estas estadísticas como un aproximado para los accidentes en el hogar (por ejemplo, la ya proverbial caída por las escaleras por estar mirando el teléfono). ¿Será posible que no podamos alzar la mirada siquiera para caminar, ni que decir para calmarnos y pensar?
“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”
Aristóteles
Sigo arreglando el jardín. Pienso que necesitamos imperiosamente mayor balance en nuestras existencias. Necesitamos mesura, proporciones, moderación. Si vamos a aceptar a las redes sociales como parte de nuestras vidas entonces debemos conscientemente decidir qué porcentaje de nuestras vidas vamos a entregarles (gratuitamente, valga mencionar) a tan caros señores. Se trata de balancear tiempo de redes vs tiempo presente. “Likes” vs abrazos. “Visualizaciones” vs sonrisas. Consumo de “feeds” vs producción de ideas. Odio digital vs tolerancia real. Solo con un esfuerzo consciente vamos a exorcizar a los espíritus que nos están cautivando y que nos impiden notar que nos vigilan, que nos controlan, que vamos a tropezarnos, o de un hermoso atardecer. El primer paso es bajar el teléfono y darnos cuenta de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Sugiero que declaremos periodos de “desintoxicación”, franjas del día o eventos en los cuales no nos vamos a permitir el “scrolling”: amnistía digital. Creo que en el caso de los menores de edad, decisiones como las del gobierno australiano de prohibir completamente las redes sociales es lo correcto (hablaremos de ello luego).
El Sol se hunde en el horizonte dejando un rastro de fuego. Refresca la tarde. Un día más y un dia menos. A vos, querido lector, te deseo un buen año – un año de vivencias reales, reflexiones profundas y decisiones valientes. Éxitos.
Sinceramente,
Fer

One thought on “Desequilibrios”
mivisaPosted on 9:02 pm - Jan 10, 2026
Muchas gracias, por recordárnoslo, la vida no es digital.